Jaime Cansed
Durante los primeros años de su vida, Jaime Cansed se llamaba Oscar Rocada. El agobio que le entró al saber que su nombre era el mismo que el de unos famosos premios de cine americanos, le provocó tal depresión que, a los 12 años de edad, su madre lo acompañó a la policía para que le cambiasen el DNI.
Este hecho hizo que Jaime, por entonces Carlos Sondes, se arrepintiese de su decisión y culpase a su madre por haberle hecho caso. A los 20 años, allá por 1957, se enfadó con ella acusándola de irresponsable y se marchó de casa y de su pueblo natal, Vileira, para viajar a lo largo de la geografía española.
Con el nombre de Ricardo Bonaparte vivió dos años en Jerez y tres en Murcia. Esos años los recordará como los mejores de su vida. En esta época descubre el sexo y su vocación de repartidor de panfletos. Muchas fueron las compañías que solicitaron sus servicios, desde empresas telefónicas, hasta un colectivo anarquista que no tenían los miembros suficientes para realizar este tipo de tareas.
A los 23 años conoció a lo que sería su primera novia, Margarita Vázquez. La joven murciana destacaba por su afabilidad y bondad, hasta que un buen día decidió abandonar a Jaime (entonces Ricardo) al conocer a un joven barrendero en una noche de marcha. El limpiador y la muchacha echaron un polvo salvaje en un Parque de Murcia, sobre una excelente cama improvisada con hojas secas que el joven había agrupado con su escoba. Desde entonces, Margarita, ante la negativa del barrendero de iniciar una relación seria, se dedicaría a tirarse a todo lo que se moviese. Sus noches se convirtieron en cacerías salvajes de amor furtivo con sujetos de todo sexo y condición.
Este suceso impactó de tal modo en Ricardo que decidió retirarse a una vida más tranquila en un pueblo de la costa valenciana. Durante 4 años se dedicó exclusivamente al cultivo de arroz y descubrió otra de sus pasiones, el onanismo. Después de trabajar, se pasaba todas las tardes metido en casa masturbándose. La cantidad de técnicas que aprendió en esta época las escribió en unas libretas que Ana González publicaría tras la muerte de Jaime. Debido a su introversión decidió, para no levantar sospechas, hacerse pasar por un intelectual. Ricardo se dejó el pelo largo, compró una cazadora de pana y decidió pasarse todas las semanas por una biblioteca de Valencia para pedir préstamos de libros con el fin de lucirlos en el bar del pueblo y pasearse con ellos hasta su casa.
Un jueves, en la biblioteca, tuvo una conversación con una chica que marcó su vida. La joven se interesó por el libro que había elegido (“Manifiesto Comunista” de Marx) para después admitir que llevaba tiempo observándole. “Me pareces una persona muy interesante”, le dijo. Ricardo se percató desde el primer instante que aquella era una oportunidad que no podía dejar escapar. Ella era realmente atractiva y parecía ser lo suficientemente despistada como para no reparar en que él no tenía ni idea de los postulados comunistas. Así que aprovechó todas sus bazas, recordó ante ella su época de repartidor de panfletos anarquistas y mostró un tremendo desparpajo al exponer las tesis que había leído en las contraportadas de los libros durante sus viajes de autobús. La chica, Amanda Ostrevicci, hija de un famoso diplomático Italiano quedó prendada con Ricardo, quien por miedo a perder tirón con su desfasado apellido Bonaparte, declaró llamarse Otto Baldaso (fue lo que se le ocurrió).
Así que, tras unas breves charlas superficiales sobre política, Amanda accedió a la propuesta de Otto y fue a visitar su casita en el pueblo. La chica, que ya empezaba a estar coladita, flipó literalmente al ver la bohemia vida de aquel muchacho que dedicaba su vida a las tareas agrícolas y la lectura de clásicos en la playa. Los días pasaron y la pareja vivió feliz en el pueblito practicando el sexo como conejos. La habilidad onanística de Otto le fue, sorprendentemente, de gran utilidad a la hora de practicar el sexo con otra persona. Ambos disfrutaban de una vida de excesos que comenzaron siendo sólo sexuales y terminaron siendo de todo tipo tras la llegada al pueblo de Francesco, un hippie italiano que la familia de Amanda no sabía donde meter y le propusieron irse una temporada para Valencia.
Francesco era un gran conocedor de las drogas, con las que experimentaba diariamente. La alegría de vivir del joven fue envidiada por gran parte de la juventud del pueblo, que no pudo evitar probar las hierbas y setas que Francesco cultivaba y vendía. Con el paso de los días, la muchachada, claramente enfrentada a la tiranía de los mayores, se atrincheró alrededor de los terrenos de Amanda y Otto. Formándose así la comuna del Parés. En esta comuna se practicaban las últimas tendencias vitales, sexo libre, música y lectura de revolucionarios. El asunto de la liberación sexual no convenció a Amanda que, al poco tiempo, regresó a la casa de sus padres en la capital. Otto, por el contrario, se mantuvo en la comuna hasta que, en el 66, decidió irse con Francesco, Alberto y tres tías más a París. Allí, sin duda, era donde iban a cambiar las cosas. La revolución se presentía.
En París los contactos de Alberto fueron clave para adaptarse los primeros días. Como pintor había conocido a varias personas que vivían en la capital francesa. De este modo, el grupo se pasó varios meses viviendo en talleres de artistas surrealistas. El encuentro con René Buffon, dadaísta tardío, en 1967 le hizo interesarse por unas corrientes revolucionarias radicales que basaban sus actuaciones en el hecho de aparentar ser lo que no eran. El grupo ODITREVNI, que era como se llamaban, basaba su lucha revolucionaria en mostrarse como burgueses, tratando con importantes personalidades de la política y la intelectualidad más conservadora.
El grupo ODITREVNI no tuvo más de tres años de duración, el tremendo dogmatismo al que sometía a sus miembros, provocó que se expulsasen a todos sus componentes por no cumplir las numerosas y estrictas reglas. Pero en estos dos años asistieron a un momento histórico, Mayo del 68. André (Otto tuvo que cambiarse el nombre para entrar en la organización, era un requisito para convertirse en miembro) y sus compañeros interpretaron estas revueltas como el resultado de sus actividades. Es más, el hecho de que el éxito no fuera absoluto y no se consiguiese la total emancipación del ser humano, se debió al hecho de que nadie les reconoció su labor. Pero además de no recibir ningún elogio, los demás grupos revolucionarios los tacharon de farsantes o simplemente de irónicos. Lo cierto es que nadie se creyó que ellos habían sido los verdaderos promotores de aquel movimiento de inversión del mundo y las cosas.
Expulsado de la ODITREVNI y acusado de cambiachaquetas por sus viejos amigos, André (antes Otto, Ricardo y Carlos) cae en una tremenda depresión de la que no consigue salir ni con la ayuda de su última compañera sentimental Ana González.
En 1973, a la edad de 36 años, Jaime Cansed, nombre que se había inventado para que Amanda atendiese a su llamada, se suicida en una playa del Parés después de haberle rogado a ésta, con nulo éxito, que volviese con él y dejase al pijo con el que ahora salía.