Ricardo Tormen Tosso

Enero 11, 2007 at 11:13 am (cínicos)

Por motivos laborales, Ricardo Tormen Tosso, viajaba con frecuencia entre las ciudades de A Coruña y Vigo. Aunque de cuando en vez lo hacía en el coche de un compañero del trabajo, él prefería, con mucho, viajar en el tren.

Su pasión era tal, que llegaba a la estación con una hora de antelación sobre la marcada, con el fin de poder disfrutar del viaje en su sitio favorito. Éste era el último asiento del último vagón, siempre en el sentido de la marcha y del lado de la ventanilla derecha, cuando iba dirección Vigo, y en la izquierda, cuando se dirigía hacia Coruña.

De este modo, disfrutaba siempre de la vista del paisaje que se aproximaba, sin ver como dejaba atrás las cosas. Ésta era su razón principal. Aunque hay gente que prefiere viajar así porque se siente mareada al viajar en contra del sentido de la marcha, a Ricardo no le afectaban tanto las reacciones físicas como las psicológicas. Viajar de cara a donde iba le llenaba de optimismo y dejar las cosas atrás le producía una tremenda nostalgia.

La decisión de estar siempre en el último asiento del último vagón, la tomó un día harto de llevarse sustos cada vez que alguien, procedente de un coche contiguo, abría la puerta para seguir avanzando por el pasillo. Con la espalda apoyada en la pared trasera del tren, se aseguraba que nadie pasaría por allí más que por despiste.

El motivo por el cual alternaba el lado derecho e izquierdo según la dirección, era poder observar siempre la costa desde su ventanilla.

De este modo, Ricardo llegaba a la estación de ferrocarril siempre con tiempo suficiente para tomarse un café y, de reojo, atender al instante en el cual las puertas de su tren se abrían. Le favorecía, sin duda, el hecho de que ambas ciudades eran el final de trayecto de esa línea.

Precisamente en eso estaba pensando aquella mañana lluviosa de Abril. Si en vez de coger el tren en Vigo o Coruña, tuviese que hacerlo en Santiago de Compostela, precisaría una táctica mejor. Sería necesario estudiar la colocación en el andén y ser más rápido que el resto. Tendría gracia. Sonriente perdió la mirada en el fondo de su pocillo. El escaso líquido de café que quedaba, correteaba al ritmo con el que él balanceaba la tacilla.

Cuando levantó de nuevo la cabeza, un hombre de ropa oscura y sombrero estaba entrando en el tren antes que él. Además lo hacía en el último vagón. Dejó una moneda encima de la mesa y, tratando de disimular su apurado paso, se dirigió hacia la misma puerta. Cuando entró, vio que en el asiento parejo al que él se dirigía, había un sombrero. En su sitio favorito, estaba aquel hombre leyendo el periódico.

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